Juan y Silvana son dos de ellos. Los jóvenes viven en Capital Federal, más precisamente en el barrio del Abasto. En la puerta de su casa, en plena vereda, levantaron una pequeña capilla del Gauchito a la que prenden velas rojas y acercan ofrendas todos los días. Además, cada vez que pueden, viajan a Corrientes para venerar a este santo del pueblo que, según dicen, los liberó de la cárcel.
“Hace un tiempo nos detuvo la policía porque decían que vendíamos drogas. Yo me drogaba, es cierto, pero jamás se me ocurrió vender. Estando preso, me dijeron que le rece al Gauchito Gil y al otro día me liberaron”, contó Juan a , al mismo tiempo que Silvana agregó: “Yo también le pedí a él y me soltaron. Hoy creo en la Virgen, en Dios y en el Gauchito”.
miércoles, 30 de julio de 2008
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